Número actual. Nº 0. Junio, 2012. Córdoba. Edita: Sergio Soriano Toro ISSN 2254-7061

Llaves

llavesDiego está sentado esperando a las afuera del colegio, su espalda apoyada contra un viejo pilar de concreto cuyos bordes se están descascarando. Junto a él, la reja cerrada y las escaleras. Un rumor en el descanso. Distingue la voz de un profesor y el tono tímido y a la vez solícito de un alumno que intenta ponerse de acuerdo con él para rendir un examen atrasado. Este último le es desconocido. No es a quien espera. Suspira, acomoda sus audífonos y baja un poco el volumen del reproductor con tal de estar atento.

Esa tarde, Jon le había dicho que no tardaría demasiado, que el examen era fácil. Sin embargo, la espera junto a la salida del instituto se prolonga prolongado más de lo habitual. Por lo general, una prueba atrasada dura una hora y veinte, diez minutos menos que una rendida en la fecha estipulada. Las reglas son las reglas. Estúpidas o no, con o sin sentido. Están allí con algún propósito. Incluso para impacientarlo o permitirle escuchar otra canción antes de apagar el aparato.

De pronto, escucha el ruido metálico del portón. Alguien fuerza las bisagras. Es un hombre bajo, moreno, de rostro curtido por el tiempo y el trabajo. Tiene brazos cortos y manos grandes y nudosas, como cabezas de árbol. Viste de azul y lleva una gorra con la visera en la nuca. Detrás de él, un muchacho alto y desgarbado, pálido como la cera, de cabello negro y ojos grises, con el pantalón arrugado y la blanca camisa fuera de lugar. Jon no luce exactamente como un estudiante que siempre obtiene sietes 1, sino como un galán despreocupado y tormentoso. A pesar de ello, ni si quiera es un rompecorazones, eso Diego lo sabe de memoria. Es simplemente un muchacho que es quien es a pesar de su apariencia. Un ser que descoloca a quien lo ve y no lo conoce. Un adolescente.

—¿Qué estabas haciendo? —Le pregunta Diego, al tiempo que apaga su dispositivo abruptamente—. ¿Enseñando al profe como corregir tus ejercicios?

Jon suelta una carcajada rasposa, cansada. —No, viejo —dice—. Estaba negociando otra prueba que tengo pendiente.

—¿Eras tu el de hace un rato? —Diego pregunta, sorprendido.

Jon se encoge de hombros. —Ni idea —dice—. Yo estaba adentro, en el hall.

—Ya, entonces nos vamos.

—Yep —Jon baja despreocupadamente la escalera y agradece al auxiliar por haber empujado los pesados barrotes. El hombre se enjuga la frente, dice algo humilde y se despide cabizbajo «Todos los subalternos son iguales», piensa Diego. «Acostumbrados a tratarte como si te debieran el respeto. Cuando los que te hacen el favor son ellos».

Caminan en silencio, siguiendo el curso de una calle que corre en línea recta, flanqueada por antejardines verdes a la enseña de señoriales casonas de madera, todas grandes, soberbias, antiguas, con tejados triangulares y agudos, pórticos que lucen hogareños y jardines mal o bien cuidados, dependiendo del lugar donde se pose la mirada. La influencia es indiscutiblemente alemana y el rigor del clima se impone más en algunas construcciones. Aun así, es una visión a ratos triste, invernal. El cielo pálido se recorta contra el horizonte de una avenida por la cual, de cuando en cuando, pasa un auto o una micro2.

—Y bueno —dice Jon—. ¿Cuál es el tema del día de hoy?

—Estaba esperando a que preguntaras. —Diego le devuelve una mirada que es a la vez alegre y desafiante—. Esta vez me costó dar con algo interesante. ¿Qué te parece si hablamos sobre llaves?

—¿Llaves? —Jon frunce una ceja. Los temas de conversación favoritos de su amigo siempre son complejos (filosofía, literatura «inapropiada», cultura pop u otros adefesios. ¿Pero llaves?)

—Sí, llaves —responde Diego, tan natural y transparente como el agua que cae hacia una vertiente—. Pensé que te interesaría. Es decir, vives en una casa grande y cuando chicos...

—Hace tiempo que dejé el oficio de intentar abrir los cuartos clausurados. —Cortó Jon—. Mi viejo me dijo que era «improcedente». ¿Qué palabra, ah? La busqué en un diccionario y significa «que no corresponde», o algo así.

—¿De verdad? —Diego abre los ojos como platos—. ¿Improcedente? ¿Y que corresponde hacer con una puerta, entonces?

—Según él, mantenerla cerrada. Y entre más, mejor.

—¿Te ha dicho por qué?

—No —Llegan a una esquina y se detienen a esperar el cambio de semáforo—. Pero tú sabes como son los viejos. Siempre te prohíben que hagas cosas y nunca se dignan a darte explicaciones.

—Y tú no tienes problemas con eso.

—No.

Diego le devuelve una mirada compasiva mientras caminan del otro lado de la calle. Entonces, contrataca:

—¿Qué crees tu que significan las llaves?

Jon lo mira con unos ojos que parecen a la vez divertidos y molestos. — ¿Cómo es eso de «qué significan las llaves?» Las llaves son objetos. No «significan» nada.

Diego intenta reprimir una sonrisa.

—De otra forma —dice—. ¿Qué puedes hacer con una llave?

—Abrir puertas, metérselas por el culo a tu hermano chico —Jon empieza a molestarse—. Si son finas, puedes sacarte con ellas la cerilla del oído. También puedes perderlas —bufó. — ¿A que cresta quieres llegar con todo esto?

—A que me digas por qué dejaste de buscar las llaves.

—Porque se perdieron —dice Jon—. ¿Y sabes qué más? No me gusta tu tema así que voy a poner otro.

Diego asiente sin decir una palabra.

—¿Has visto Inception?

—¿El Origen? —Pregunta el interpelado—. ¿Esa, la película de los sueños?

Jon asiente y luego dice:

—Ya que quieres hablar de símbolos, te propongo que hablemos sobre sueños. El lenguaje de los sueños son los símbolos.

—¿Quién te dijo eso, es materia de clases?

Jon asiente.

—Todavía no llego a eso. Estoy con los orígenes del estudio de la mente, cuando anulaban los cerebros y las personas quedaban tontas de por vida.

—¿Y, qué importa? —Escupe Jon—. ¡Nadie enseña sobre llaves en el colegio y tu llegas y me hablas sobre llaves! Si no te gusta mi tema, entonces hablaremos sobre nada.

—A ti te pasa algo —dice Diego, y se cruza de brazos.

Jon se sorbe los mocos, refunfuña y dice algo que parece articulado en otro idioma.

—No sé —dice—. A lo mejor no quiero hablar.

—Bueno —dice Diego. Y llegan a otra esquina.

La avenida que sigue es larga. Al final, hay una bifurcación, los dos brazos desiguales de una empinada cuesta que sube hacia los suburbios y que baja a la vez hacia el centro de la ciudad. Es una cuadra a esa hora a penas frecuentada. Por eso, más temprano que tarde, el silencio se hace intolerable.

—Anoche tuve un sueño —dice Diego—. Obvio que ibas a mirar —agrega—. Es tu tema. Bueno, como sea, ¿leíste La Tempestad?

—¿La de Shakespeare? Si. Pero no la mugre reducida que nos dan en el colegio. Le encargué a mi tío una traducción fiel a la obra original.

—Ah —dice Diego—. Yo la leí en inglés. Pero bueno —agrega, con un pesado suspiro—. No importa. Lo que si importa es que te acuerdes de Próspero. ¿Te acuerdas de Próspero?

—¿El mago? —Inquiere Jon—. Si. Me acuerdo. El que hizo la tormenta, se supone, o le pidió al espíritu del viento que la hiciera.

—El mismo —asiente Diego—. Y también el padre de Miranda. Y el que rompió su vara y hundió su libro en el océano.

—Me encantan las heroínas de Shakespeare —dice Jon—. Hablan tan bonito.

—No como las niñas del colegio —opina su amigo—. No como esas que te miran y dices que hablas raro. Pero en fin. Tú pusiste el tema y ya hablaremos de mujeres. También de llaves. Pero no hoy. Sueños. Anoche soñé que era una niña de trece años, que era pelirroja y que enterraba una llave en un agujero que excavaba en medio de la tierra, en el campo, como si fuera Próspero despidiéndome de la vida que viví. ¿Qué crees que signifique?

Jon reprime una carcajada de molestia y balbucea: — ¿Esta es tu manera de salirte con la tuya y volver al asunto de tus famosas llaves? Si es así, no estoy de humor. No quiero saber nada de puertas que se abren o se cierran. Nada —agrega. Y la voz se le quiebra un poco al respirar.

—Estoy seguro de que algo no anda bien contigo, Jon. —En ese momento, Diego se pone de pie y con su acción obliga a su compañero a hacer lo mismo—. Mírame, hueón3. Mírame bien cuando te hablo. ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás dando tantas pruebas atrasadas? ¿Cuánto tiempo has faltado a clases?

Están a punto de llegar a la bifurcación. Jon ajusta las correas de su mochila, se mete la camisa dentro del pantalón y le devuelve una mirada con la que dice a su amigo todo lo que este quiere oír. Sin embargo, Diego no es tan bueno descifrando el lenguaje de los ojos. Suspira.

—Mira, otro día te cuento —le dice—. Además, aquí nos separamos —señala hacia arriba—. Tú subes, yo bajo. Como siempre.

Pasan un auto y un ciclista. Jon da un paso adelante y aprieta el paso justo en el momento en el que una camioneta pasa junto a la señal de «virar con precaución». Diego intenta seguirlo, pero mira al cielo y se da cuenta de que está por caer un aguacero.

—¡Te voy a seguir molestando, hueón! ¡Te voy a seguir molestando hasta que lo cuentes!

Del otro lado, Jon, de espaldas, levanta la mano izquierda en señal de despedida. Remonta la cuesta a paso veloz y desaparece tras un grupo de niñas que al verlo pasar voltean la mirada. Diego se queda de pie, inmóvil en la esquina, hasta que Jon desaparece de su vista y una gota cae en la punta de su nariz.

—¡Mierda! —Susurra. Y ajusta también las correas de su bolso, para subir la cuesta a toda velocidad y llegar al fin hasta su casa. Al fin allá, entra en su habitación secándose la cabeza con una toalla. Acto seguido, mira y descubre que un celular4 parpadea sobre la superficie de su cama. «Acaba de recibir un mensaje», dice la voz del dispositivo.

«Mis viejos se van a separar», lee Diego. «Mis viejos se van a separar», repite, mientras se queda sin aliento.

Es Jon.

El muchacho se deja caer sobre la cama y solo entonces entiende que a veces, solo a veces, es mejor perder las llaves y dejar morir al dolor en soledad.

Emilio Araya Burgos

Notas

1 .- La máxima calificación en el sistema evaluativo chileno.
2 .- Autobús 
3 .- Imbécil. Sin embargo, entre amigos denota confianza y cercanía. En este contexto, implica seriedad en una instancia íntima.
4.- Teléfono móvil


Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar